Mas/Durán y el mango de la sartén

Se han encoraginado. Sin un euro por culpa del tripartito instalado en Cataluña hasta su llegada, los de CiU amenazan al Gobierno -quizás Estado- si no les llegan ya más de mil cuatrocientos millones de euros para ir tirando. Dicen que tirarían de déficit arruinando así los anuncios de Salgado por ajustarlo conforme a lo prometido en la UE. No les importa, siguen diciendo, que el país, el de todos, sea la siguiente ficha en caer de esta especie de dominó en que ha degenerado la europa del euro.

Pasada la primera sensación de estupor, indignación, etc. la amenaza provoca a la risa. Ese pegarse un tiro en el propio pié suele ser un truco cinematográfico para aliviar tensiones en los western o thriller de turno. Pero, hombres de Dios, ¿pidieron permiso a la Caixa del sr. Fainé o al Barça del pan y circo para amagar con tan solemne estupidez?

Ante una elecciones y un público alimentado por la educación sociocatalanista de los últimos decenios, allí siempre cae bien cualquier la arremetida contra eso que llaman Madrid. Pero es de suponer que algún alma buena habrá que les explique lo que realmente nos/les pasaría de caernos encima una intervención como la griega, que no les llega ni para pagar las cuotas del crédito prestado.

Estas salidas de pata de banco se explican en señores como Mas, Oriol Pujol y otros convergentes. ¿Pero qué dice el diputado Durán y Lleida, don José Antonio, siempre tan sensato cuando habla ante una cámara de TVE, el político por el que suspiran las amas de casa bienpensantes de media España?

Los convergentes y su parroquia acabarán cayendo en cuenta de que no tienen más poder de presión que el el del pataleo. La sartén por el mango la tiene el Gobierno de la nación. No digo yo que no se les escurra y pongan todo perdido -¿se imaginan que la sartén tuviera aceite?-. De momento deberían utilizarla para emprenderla a sartenazos con los jugadores de ventaja. Por ejemplo, poniendo en marcha la reforma de la ley electoral.

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Con Dios, monsieur Chirac

Este recordatorio dedicado al saliente presidente de Francia arranca  desde un año atrás, cuando en Viena fracasaba la cuarta cumbre euro latinoamericana. Ni americanos ni europeos habían llegado a la cita en condiciones de defender intereses o puntos de vista medianamente articulados.

De  un lado, los países del centro y sur de América vivían  tensiones internas de gran calado. La antiglobalización hecha carne en el eje populista-indigenista-comunista de Chávez, Morales y Castro trataba de hacer metástasis por el resto del continente con la ayuda, más que impagable puntualmente recompensada, de “Le Monde Diplomatique”. Pese a esta y a los petrodólares venezolanos, las elecciones presidenciales siguientes en Perú, Colombia y México pusieron cerco al tumor.

En la otra orilla del Atlántico, o sea aquí, la mayoría de miembros de la Unión Europea no se sentía concernida por lo que pasaba en el continente americano. Es más, algunos se regocijan indisimuladamente de cada traspiés que la metrópoli del antiguo imperio, nosotros, pueda sufrir en aquellas tierras, en las que no supieron ni pudieron abrirse paso y que hoy representan para España lo que en el Reino Unido la Commonwealth, o para Alemania los países emancipados de la dictadura soviética.

España pudo haber cambiado el sentido de aquella cumbre intercontinental, pero desde la presidencia del Gobierno hasta los servicios de información los medios estatales llevan tiempo dedicados a otros menesteres.

Aquí, la información de lo que pasa en el mundo sigue siendo un lujo que se satisface en libros o medios extranjeros. No es extraño que nuestra sociedad no alcance a valorar el sentido de la presencia española en aquel mundo que nos gusta llamar Hispanoamérica pero que el resto ha bautizado como Latinoamérica. Como tampoco supo calibrar las simplezas con que, hace tres años y pico, el entonces candidato presidencial ZP presentó su alternativa. Para la política internacional acuñó aquello de “volver a Europa”.

Nadie sabe si hemos vuelto ni a dónde, pero en cualquier caso Europa no es la misma de entonces tras las elecciones en el eje franco alemán.

Aquella brillante ocurrencia de volver a donde nunca nos fuimos sólo sirvió para sembrar dudas sobre la fiabilidad de nuestra política exterior, además de conseguir el desprecio de “la gran potencia”, como Putin y los chinos llaman a los Estados Unidos sin hacer reparos en la torpeza de su líder actual.

En esas estábamos, haciendo amigos y entretenidos con los estatutos de las naciones chicas que nos salen por doquier, cuando el presidente aymará de Bolivia comenzó a sacudirse de encima la legalidad allí vigente, y antes de volar a la capital austriaca aprovechó el 1º de mayo para expropiar a españoles y brasileños las concesiones de hidrocarburos que venían explotando; y a sus propios conciudadanos, por cierto, las acciones garantes del futuro de sus pensiones.

Ya en suelo europeo y en rueda de prensa, que no haya secretos, reclamó al presidente del Gobierno español que cumpliera lo que le prometió: cancelar la deuda y duplicar la ayuda a Bolivia.

Y allí fue, veinticuatro horas después, en la propia Viena, donde este insólito personaje nutrido por Chávez fue solemnemente felicitado por uno de los presidentes presentes en la cumbre: “Evo, estás devolviendo el honor a tu pueblo; felicidades, ya era hora. Después de quinientos años un presidente indígena decide devolver el honor a su pueblo; bien hecho. No hagas caso de la prensa”.

Quien así se habló no era un colega indigenista, ni populista, tampoco socialista, ni comunista, que alguno queda de entre las ruinas del imperio soviético. No; era un llamado conservador: el engolado presidente de la República Francesa.

El que estrenó su primer mandato, doce años ha, explosionando seis bombas atómicas en los atolones de la Polinesia francesa. El alcalde de París durante 18 años que más sumarios judiciales acumuló por indicios de corrupción -empleos ficticios, financiación ilegal del partido, adjudicaciones irregulares de viviendas, viajes privados con dinero público-; de todos se ha librado por la irresponsabilidad penal con que la constitución blinda a sus presidentes. El derechista francés que en las elecciones presidenciales del 81 pidió el voto para el socialista Mitterrand, en contra su propio presidente Giscard.

Era el “doctor Chirac”, como él mismo pidió al palestino Arafat que le llamara, y que no dudara hacerlo en caso de necesidad; el jefe de las tropas francesas que masacraron una muchedumbre de manifestantes en Costa de Marfil no hace siglos, sino ochocientos días; el primer amigo de los dictadores africanos y del oriente medio; el único asistente a los funerales del dictador sirio Hafez Asad; el autor de la sentencia “la democracia es un lujo para los africanos”; el primer ministro europeo que, mediada la década de los 70 puso a disposición del dictador iraquí S. Husseim su amistad personal -“te garantizo mi estima, consideración y afecto”- y un programa nuclear que traería sangrienta cola al cabo de los años..

En fin, Jacques Chirac, el presidente a quien parece importarle un bledo Bodin, Rousseau, el barón de Montesquieu y demás artífices del Estado de Derecho. Su saludo a Evo Morales revela la catadura de ese tipo de personajes que deslumbran a nuestros actuales gobernantes. Y, también, el grado de solidaridad al que pueden llegar los amigos europeos que ZP echaba en falta.

Naturalmente, mientras en La Moncloa alguien discurría entre dosier y dosier cómo duplicar ayudas y condonar deudas a quien metió mano en la cartera de españoles, en el Elíseo planeaban la consolidación en Bolivia de una base de operaciones para desembarcar en la región andina su petrolera nacional, su constructora nacional, su eléctrica nacional, en fin, la parafernalia societaria con la que nuestro vecino rico sigue manteniendo el control de las colonias que tuvo que liberar hace medio siglo.

“Francia no tiene amigos, sino intereses” dijo por entonces De Gaulle, un general que supo retirarse a tiempo, el orgulloso padre de la V República, maestro y primer jefe político de Chirac. Eran otros tiempos, las democracias se contaban con los dedos de las manos y se liquidaban los últimos restos coloniales. En aquella guerra fría, como en las calientes, todo servía para salir adelante: la insolidaridad e incluso la traición a los intereses comunes dentro del mismo bando. La Francia de De Gaulle hizo de ello un arte, minando las relaciones atlánticas y torpedeando la construcción europea con estériles disputas entre los pueblos y las naciones. No había amigos, sólo un interés: la “grandeur de la France”, que acabó poco menos que reducida a las treinta y cinco horas semanales.

Monsieur Chirac se apresta a salir de la escena; el personaje deja la nación aquejada de todos los síntomas de las esclerosis y, quizá, lamentando el triunfo de su ministro Sarkozy, ese nuevo Napoleón tan poco francés, y por eso tan rompedor, como el corso lo era. Con Segolène, soñó en más de una ocasión, seguramente habría merecido un mejor recuerdo por aquello de que “otra vendrá que bueno te hará”.

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Sinfonía patética

“Alcalde: todos somos contingentes, pero tú eres necesario”, grita un mozo al alcalde que lleva a las fiestas del pueblo a una señora estupenda en esa maravilla surrealista que Cuerda filmó hace ya más de veinte años, “Amanece que no es poco”.

Como salido de otro mundo surrealista, el presidente en funciones se esfuerza en decir cada vez más desatinos y en voz más alta. Me recuerda a Saza disfrazado de Guardia Civil disparando contra el sol en aquella misma obra de Cuerda. Pero más patético. Aquello de “yo no aguanto este sin dios” que el cómico catalán grita porque el sol ha salido por donde menos lo esperaba cuajaba en cómico. Lo de nuestro hombre es patético. Como un despedirse sin saber cómo.

Tchaikovsky compuso su última Sinfonía un año antes de morir. No le puso título a lo que hoy llamamos Sinfonía Patética. Fue un hermano quien así la bautizó, como tampoco es debida a Beethoven, sino a su editor, la denominación de Patética a su octava sonata para piano. Parece pues como si los protagonistas no cayeran en cuenta de lo que inspiran sus echos.

Vista desde fuera, la rebeldía contra lo imparable produce sentimientos encontrados. Para algunos podrían ser de admiración, si el rebelde patético no fuera culpable de sus desgracias; para otros, de franco desprecio. Y quizá algunos sintamos simplemente vergüena ajena viendo cómo una posición tan relevante como la de Presidente del Consejo de Ministros es devaluada sin remisión.

Con lo elegante que, llegado el caso, suele resultar un digno mutis por el foro. Pero hay quien prefiere morir matando.

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Los árboles y el bosque

Desde lejos las cosas se ven mejor, o diferentes al menos. Tenemos tan gastada la capacidad de valorar, comprender, que sólo desde cierta distancia se aprecia el conjunto de lo que pasa. Hipermétropes estamos.

La sabiduría popular cinceló aquello de que los árboles no dejan ver el bosque. Desde República Dominicana, por ejemplo, resultan fútiles los motivos de pelea en que se enzarzan algunos ante las elecciones locales próximas. Y no acaba de comprenderse el atrevimiento de los mentirosos, los pusilánimes, los machistas -de pretender ser más macho que el otro-, en fin, de la fauna nacional que cursa carreras políticas.

Cuando el país está hecho unos zorros, cómo puede perderse el tiempo en enredos y rifi-rafes como si esto fuera una linda kermesse?

Parece como si las gentes con talento probado se hubiera tomado vacaciones. Y sabido es que la masa sin levadura no hace pan, que es lo que hoy muchos necesitan.

Váyanse por donde vinieron los arbitristas que han jodido el país, y pídannos perdón quienes calientan los ánimos con cataplasmas rancias. No saben lo ridículos que resultan vistos desde aquí, fuera del ruedo. Ibérico.

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Y líbranos de las campañas…

Será que nos lo merecemos. O que tenemos demasiadas culpas que penar, pero aguantar dos semanas más a los políticos sueltos por las calles de España puede terminar con nosotros. O con nuestra capacidad de raciocinio, al menos.

Pobre Felipe González, diciendo lo que no piensa para que los dos perdedores que ayer le flanqueaban en Madrid  no digan mañana que no echó una mano en este final del adanismo neosocialista. Y de paso, velando las armas de su candidato a sucesor: “con Rubalcaba a la cabeza” el gobierno Zapatero ha sido el más eficaz en la lucha contra el terrorismo.

Espectacular. El ex se muestra capaz de superar al actual, que tampoco acusó falta de trapío con aquello de que “la derecha no cree en el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni en el derecho al aborto, ni en la ley de igualdad“; las tres grandes aportaciones dogmáticas de ZP, Aido, Rubalcaba y Pajín, entre otros. Pero aún fue más allá en Gijón: “el PP desmantelerá el Estado de Bienestar y lo dejará al pasto de la inversión privada”.

Lástima que de bienestar haya dejado tan poco, y qué decir de cómo quedan las capacidades de la inversión pública; imposible la habeis dejado para vos y para mí, como Zorrilla puso en boca de don Luis, hecho una fiera por haberle arruinado don Juan el amor de doña Inés.

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El fenómeno Rubalcaba

Curioso lo de Alfredo Pérez Rubalcaba. El día de mañana podría ser puesto en las escuelas como ejemplo de fenómeno físico, ya saben, aquellos que no cambian la naturaleza de las cosas; como la congelación o la evaporación. Cambian su forma, pero el agua sigue siendo agua. Es el caso de Rubalcaba. Dice una cosa y su contraria con idéntica capacidad de convicción; como la goma estirada que vuelve a su ser una vez soltada. El secreto está en que no se cree nada, ni que Bildu era un malévolo disfraz de ETA ni, como  ahora sostiene, que es la vía ideal para acabar con ETA. A falta de aurora boreal, para fenómeno admirable nos basta con el vicepresidente.

Ayer hacía alardes en un mitin electoral, llamaba abyecto a un adversario político y defendía la independencia del Tribunal Constitucional exponiendo al aplauso de sus militantes a quien fue su segundo presidente Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA, cuatro años despues de dejar el cargo, en su despacho de la Universidad Autónoma de Madrid. La prueba del algodón: si ETA mata a un presidente del Constitucional, ¿cómo el Constitucional va a estar coludido con ETA?

No cabe, o quizá aún sí, mayor grosería intelectual en un doctor universitario como mi paisano Rubalcaba lo es. Cuando lo oí no pude menos que recordar al primer presidente de tan alta institución, don Manuel García Pelayo, a quien correspondió, también con su voto de calidad, bendecir la expropiación de Rumasa decretada por el gobierno de Felipe González que le había propuesto para el cargo un año antes. El respetado jurista dimitió en 1986 al parecer víctima de las tensiones que aquello le produjo y marchó a Caracas, donde murió cuatro años y medio después.

Ese es el otro tipo de fenómenos, los químicos, cuyo carácter irreversible impide la regeneración de la sustancia original. Ejemplo típico: la combustión. De la cerilla encendida aplicada al papel no es posible volver al papel ni a la cerilla. Otro en ciernes: el zapaterismo; aplicado al país no acabará con éste, pero de aquél no quedará ni memoria. Me lo recuerda mi amigo JJ: “deja ya de hablar de él, en doce meses nadie sabrá quién fue”. Ojala.

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