Otegui, Gadafi, Europa y los derechos humanos

La abogacía del Estado no es lo que era. Que en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos hayan prevalecido los argumentos de los abogados Rouget y Goirizelaia, de San Juan de Luz y Bilbao, sobre los del abogado del Estado español Blasco Lozano, es como para pensárselo. Sobremanera si este Estado no es la primera vez que ha de pagar; hace poco tuvimos que satisfacer a un ciudadano alemán con 15.600€ que, como los 20.000€ para Otegui, salen de nuestros impuestos.

Con tan eficaces defensas del jefe del Servicio Jurídico de Derechos Humanos del ministerio de Justicia, nuestros tribunales Supremo y Constitucional no quedan bonitos.

Y, para más inri, el batasuno nunca cumplió la recurrida sentencia, condonada por el Gobierno Zapatero en julio de 2009.

Si además de injurioso no es una provocación motejar al Rey de “jefe de los torturadores” en vísperas de viajar al País Vasco, venga Dios y lo vea. Porque a los ojos de los jueces del Tribunal Europeo es la justicia española quien violó la libertad de expresión del ciudadano Otegui. Presidía el tribunal el gerundense Josep Casadevall, representante de Andorra.

Eso sí, mientras en Estrasburgo los jueces europeos se dedicaban a tan fina hilatura Gadafi sigue matando libios, Mediterráneo de por medio, como leones en safari. Será que ahí no hay humanos cuyos derechos defender, a los ojos de ese curioso colectivo de jueces dedicados a la materia.

Junto a muchas otras cosas nuestra vieja Europa debe cuestionarse ya la existencia de fiscalías y tribunales especiales. Si además de ser un principio bastante sólido lo de la administración ordinaria de justicia, los lugares especiales acaban alimentando gentes demasiado especiales.

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Ahmadineyad, España y lo nuclear

“Esperemos que el pueblo español pueda expresar sus opiniones”, terminó diciendo Ahmud Admadineyad a Televisión Española, en una valiente entrevista hecha por Ana Pastor. Lo dijo respondiendo a la pregunta de la periodista sobre la persecución en Irán a los homosexuales. Y cuestionado por la situación de la oposición iraní, replicó repreguntando si en España se permitía a los separatistas vascos incendiar casas.

El presidente iraní ha confirmado la imagen que el solito se ha labrado de autócrata autista o cínico; quizá ambas cosas a la vez. Como Fidel Castro pero en extraño, del oriente medio, musulmán. En tres ocasiones reiteró que “en Europa cuando alguien escribe un libro que no debe, va a prisión”.

Seguidor del método Ollendorf, Ahmadineyad evitaba respuestas repreguntando a la propia periodista, y cuando ésta le replicó que en occidente los que preguntan son los periodistas, salió por peteneras: “Usted quiere imponerme su opinión”.

Ya había empezado regular la cosa cuando despues de admitir “tenemos un país de grandes terremotos”, hablando de su capacidad nuclear, añadió: “tenemos los más altos estándares de seguridad. No creo que vaya a ocurrir nada serio, y si ocurre es que no está a nuestro alcance”.

Lógica aplastante en un personaje que comenzó la entrevista “en el nombre de Dios”. Todo resultó asombroso. Brava Ana Pastor, tocada naturalmente de amplio pañolón que oportunamente resbaló hasta sus hombros.

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“Quién hizo el cambio”, gratis en PDF

Hace unos cuantos años escribí Quién hizo el cambio, libro al que la editorial añadió en la portada: “Las claves de la transición: cuatro años que cambiaron la Historia de España”. La última edición creo que fue fechada en 1985. Hoy no es que haya sido descatalogada; lisamente, no hay catálogo. La editorial Argos Vergara es también historia.

El domingo leía en El País la entrevista de Juan Cruz con Riccardo Cavallero, director general de Mondadori, una de las editoriales que capea  el tsunami digital que viene asolando la galaxia Gutenberg. Y de entre varios comentarios de interés me llamó la atención aquello de que en el mundo de los libros el poder ha pasado del editor al lector; “los editores tenían el poder de decidir lo que se leía en un país… El editor pasa a ser un intermediario, el contacto entre escritor y consumidor”.

Pienso lo mismo, y que sólo seguirán vivas las editoriales que mejor se reinventen ante la nueva forma de elaboración y distribución de libros. Algo similar ocurrirá con los periódicos. Un nuevo mercado acabará regularizándose para dar datisfacción a las tres partes: autor, lector, editor.

En este nuevo panorama, las bibliotecas virtuales jugarán un papel relevante; editoriales y librerías requerirán su colaboración, cuando hasta  hora eran temidas como intrusas en un negocio perfectamente cerrado. Tanto para suministrar lo que el lector quiera leer a los impresores bajo demanda, como Bubok y Obrapropia, o a  librerías en la red, tipo Libranda o Amazon. Hoy por hoy albergan obras libres de derechos de autor, clásicas por tanto. Pronto serán globales.

Como creo que ese es el futuro, deposité en la Miguel de Cervantes, la mejor biblioteca virtual en español, 60.000 libros y 30.000 usuarios diarios, la primera edición de Quién hizo el cambio. A partir de ahora el lector, si lo hubiese, puede leerla cuando, cómo y dónde le venga en gana. Eso sí, gratis total.

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Alienación, insumisión

Alienación en marchaLa encuesta dice que el personal está más agobiado que nunca por el paro, economía, Gobierno, políticos y demás desgracias concurrentes. Pero da la impresión de que la sociedad sigue adelante tan campante aunque no tenga idea de hacia dónde.

Cuál sea la adormidera es un misterio. Las hay de muchos tipos; en la mili, que yo sí la hice,  sentí algo parecido. Lo recordé el martes viendo a la sra. Chacón dándose un homenaje porque que ya no hay tal mili. Se la cargó el presidente Aznar por una llamada Ley de Personal de las Fuerzas Armadas de 1999. Pero volvamos a la historia.

El capitán Aramendía, así se llamaba el mando de mi compañía, era un artillero que entre horas se enfrascaba en libros de matemática superior. Buen tipo. Una tarde, desfilando por la campa de Araca en la que pocos días después juraríamos la bandera, él al frente, se volvió y ordenó seguir silbando no sé qué, quizá lo del puente sobre el Kwai. Lo que recuerdo como si fuera hoy es el efecto que produjo en la tropa la conjunción de los compases silbados y el redoble de dos cientas botas golpeando el suelo al unísono. Mi escaso militarismo me hizo saltar de aquella especie de hipnosis cuando marchábamos ya hacia el final de la pista. “Si esto fuera un portaviones, me dije, nos precipitaríamos todos al agua detrás del capitán; ¿en qué demonios estoy?”.

Las altas dosis de alienación que la milicia requiere son letales para la vida civil.

Los vecinos del sur se matan en guerras y revueltas; los de al lado, a punto de la quiebra; nuestro crédito, cada vez más caro; el sistema financiero, sediento, y el otro generando parados sin parar. Con este panorama, el que manda juega a las adivinanzas -me presento o no-; su vicepresidente, a seguir siéndolo aunque nadie sepa para qué;  el ministro encagado de las obras, a planificar cómo se presenta el presidente, dónde y cuándo; la del presupuesto, a hacer el ridículo la pobre; los sindicatos pagados con nuestros impuestos, a parar el tráfico aéreo y hundir el turismo,  hoy nuestro único sector generador de empleo.

Y por si todo fuera poco, la UE nos abre expedientes por chorizos; Andalucía se redescubre como la cueva de Alí Babá; en cosa de pocos meses Asturias y alguna más caerán en las mismas, y eso sí, en Cataluña siguen entretenidos autoconsultándose sobre su propio ser.

No sé si unas elecciones generales arreglarían algo; sobre lo que no cabe duda es que con esta tropa nos vamos todos por el sumidero. ¿Qué pasaría si dejáramos de pagarles los sueldos? Sí, eso que se llama insumisión civil.

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Lo de Libia

Mucho hay por leer. Viendo lo que de Libia se ve recordé la frase para el bronce que Clemenceau cinceló en uno de sus Discours de Guerre, editados por Presses Universitaires de France: “Ser héroes no basta, queremos ser vencedores”. Parecen gritarlo esas caras desesperadas, como extraídas del Guernica picassiano y trasplantadas al paisaje lunar manchado de sangre.

Lo del viejo periodista, político y parlamentario francés se producía en otro escenario bélico, verano de 1914. Un mes despues de la diatriba contra su gobierno a la que puso título, Ni défendus, ni gouvernés,  los alemanes se paseaban por media Francia. La Gran Guerra causó cerca de 10 millones de muertos, y 7 millones más desaparecieron del mapa.

Hoy, no tan lejos de aquí, un caudillo estrafalario masacra impúnemente a su población en un país sin Constitución ni otras instituciones que su presidencia tribal. Nadie se explica la pasividad del mundo civilizado, el de los derechos humanos; por qué en la europea Kosovo sí y en la africana Libia no se interpone una fuerza pacificadora. ¿Aguardará la OTAN al 24 de marzo -fue el día en que inició los bolbardeos en Kosovo hace doce años- para aplicar su fuerza aéra y detener la masacre?

El amigo Clemenceau, redactor entonces de L’Aurore, puso el título, j’accuse, que hizo cébere la carta de Emile Zola en defensa de Dreyfus ante el presidente de la república francesa. Aquí y ahora, ¿qué no estaría blandiendo ante el inútil Consejo de Seguridad de Naciones Unidas?

Lo de Libia parece aclarar algo sobre las caídas de los dictadores tunecino y egipcio: no fueron tanto víctimas de las redes sociales como del plante de sus ejércitos, de sendos golpes militares. El error de los libios rebeldes quizá haya partido de la simplificación hecha  sobre las dos insurgencias vencedoras. Porque de sobra sabrían que el grueso de sus fuerzas armadas son, sobre todo, la guardia personal del perro loco.

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Carlos Alberto Montaner en Cuba

Carlos Alberto Montaner, escritor, uno de los columnistas clave de Latinoamérica, hasta seis millones de lectores semanales, sigue dándole vueltas a cómo Cuba puede vivir en libertad. La transitoria inmortalidad de los Castro supera las previsiones avizoradas en algunas de sus obras, y así ha revisado a fondo su Viaje al corazón de Cuba.

Cambia todo, sólo los Castro permanecen, y el tiempo pasa sin que asome la apertura desde la que articular seguidamente una transición pacífica. Bastaría, sostiene Montaner, con liberar los derechos de asociación y de expresión, ambos figuran en la Constitución castrista, y, naturalmente, liberar a los presos políticos y mandar parar a la policía política. Sólo a partir de ahí los once millones de cubanos residentes en la isla podrían expresar sus opiniones y organizar su transición a la democracia.

Carlos Alberto Montaner, que vivió en Madrid la española durante los 70 y sigue con la cabeza puesta en Cuba, piensa que cada transición es diferente; lo fue la española de la soviética y ambas de la chilena, por ejemplo; y que en todas hay grandes dosis de improvisación. Pero para que sean exitosas quienes detentan el poder han de ser conscientes de que los otros tienen derecho a existir y a particiar en la vida pública.

Este parece ser el consenso dominante en la otra orilla. En el interior, tarde o temprano las penalidades del sistema irán cuajando ansias similares a las que asolan los regímenes de la cuenca sur mediterránea. ¿Alcanzará tanta luz a la actual dirigencia cubana?

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