Contaba ayer Mario Vargas Llosa en Guadalajara, México, que a mediados de los 80 Sartre decía en una entrevista que había que “renunciar a la literatura para hacer la revolución, y eso me llevó a renunciar a Sartre”. Y así la literatura hispánica ganó un Nobel. Fue una buena decisión.
No siempre se acierta con la salida; intereses, miedos y prejuicios pueden nublar el entendimiento de quienes más precisan la solución, y así las renuncias se hacen inalcanzables. Ocurrió el sábado último en el Comité Federal del PSOE. Sus cincuenta miembros más los treinta y tantos de la Comisión Ejecutiva no fueron capaces de salir del túnel por el que llevan siete años y medio transitando, incapaces de prescindir del peso muerto que arrastran.





