Albert Rivera, el líder, se siente acosado por las encuestas, medios y sobre todo por los cofundadores y parte de la militancia de su movimiento; reúne a su sanedrín y les dice que le digan lo que él quiere decir para salir del trance revestido de salvador del país. Hace como que perdona la vida pero no perdona; se yergue como adalid del cambio pero el cambio no está en su mano; desde su papel ancilar presume de protagonista. En resumen: como el vendedor de feria, ni por veinte ni por diez, caballero, lléveselo por cinco y de regalo este paquete de cuchillas de afeitar.
Ciertamente la política tiene mucho de liturgia, de enredo y también de simulación actoral, cuestión ésta última en la que el diputado es maestro. En tiempos de imágenes y reflexión escasa, los osados se llevan el gato al agua una, dos y hasta tres veces, pero terminan cayendo. Como Iglesias -¿dónde está Iglesias?- o Sánchez -¿qué fue de Sánchez?-.
Todos tuvieron su minuto de oro; Rivera persigue el suyo tras el fiasco de su aportación a la fallida investidura de Sánchez que suscribió sin un solo remilgo.
“Se puede poner en marcha este país si hay una apuesta inequívoca por la regeneración y contra la corrupción”, dijo ayer con toda la pompa de que es capaz. Pero extraña la ausencia de reciprocidad entre el tratamiento anticorrupción ante unos y otros. Continue Reading ▶






