Extraños principios

Buen rollito. Ese podría haber sido un juicio rápido de la presentación que Rodríguez Zapatero hizo ayer de su candidatura en el Congreso. Dicen que el cielo está enladrillado de buenos propósitos, y el personaje anunció ayer algunos para el mandato que estrena. Lástima que sea tan poco creíble, que haya abusado tanto y tan arteramente del doble lenguaje y otros ardides más propios de perillanes que de caballeros.

Su réplica al líder de la oposición es prueba suficiente. Como un navajero cualquiera comenzó despachando el mejor discurso de Rajoy desde que preside el Partido Popular echándole hacia los tiempos del franquismo. Insólito. Incapaz de replicar algo inteligente sin el apoyo de los escribidores de turno, siguió por esa vereda, confundiendo papeles, ignorando lo que su oponente sacó a colación, y en todo caso ninguneando la realidad.

El sr. Presidente del Gobierno en ciernes es incompatible con el fair play. Esgrime argumentos sin sentido y siempre en forma de alfanje dirigida a la yugular del adversario. ¿Sabe distinguir adversario de enemigo? Parece que no.

Este país se merece algo más y mejor; alguien con capacidad de mirar hacia adelante, que no desprecie la opinión de la mitad del país, más ocupado en la ética que en la estética, en crear que en destruir. Que evite estupideces como que la palabra responsabilidad no está en los labios de la oposición. Lo dijo el excluyente del Tinell hablando de los pactos de Estado.

Tiende la mano pero al tiempo la encoge, nadie acaba de saber si saluda o se está despidiendo, y le gusta guardar una sorpresa, siempre la misma: que no hay sorpresa. El terrorismo, diálogo, la educación, las guarderías, la inmigración, el machismo criminal y, sobre todo, el Consejo del Poder Judicial, que acabará pagando el pato. Al tiempo.

Como en botica, esta presidencia despacha lo que sea preciso, desde la unidad entre demócratas, la lucha contra la crisis que nunca existió y cuanto haga falta. Incluido un lugar digno en el concierto de las naciones aunque su presidente acabe dormido en un rincón de cualquier conferencia internacional.

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Cosas que deberían importar

Hace unos años, antes de que el gobierno español lograra el cerco internacional a la banda etarra, institucional, policial y económicamente, el común de los españoles solía sentir repugnancia cuando en un medio internacional los terroristas eran referidos con categorías disparatadas pero de consumo político aceptable, como independentistas vascos y demás. Incluso guerrilleros. Algún medio sigue en ello pero es, hoy por hoy, una excepción clamorosa.

Hace más años aún, los terroristas vascos contaban con refugio suficientemente seguro en Francia, cosa indignante que no podíamos entender. Al cabo de algún tiempo la cooperación fue abriéndose paso, como no podía ser de otra manera entre sociedades solidarias gobernadas democráticamente.

Eta fue manipulada por los agentes de la guerra fría, por ambos bandos, pero derribado el muro quedó a la intemperie de su propia locura. Y en ella sigue, buscando ocasionalmente apoyos en los puntos más débiles de la conciencia pública internacional, pero sin cosechar demasiados triunfos en ese terreno. Digamos que en el primer mundo no hay sitio para ellos.

No es el caso de las FARC, como demuestra el tratamiento que suelen recibir en parte de nuestros propios medios. Las televisiones hablan de la guerrilla colombiana, como hacen nuestras agencias con harta frecuencia, y algún diario llega a publicar, el pasado fin de semana sin ir más lejos, un extenso reportaje gráfico en el que narcoterroristas fusil de asalto en ristre hacen de las FARC una especie de banda de contrabandistas románticos, algo así como los de la Carmen de don Próspero Mérimée.

Este tema no cabe ser cubierto por el manto encantador del exotismo. Los narcoterroristas que operan en Colombia y vecinos, que han estado a punto de crear un conflicto armado en la zona, encuentran cobijo seguro en la selva de la propia Colombia, y al otro lado de las fronteras con Venezuela y Ecuador.

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El futuro y las rémoras

El presidente reelecto ha dicho que gobernará de forma opuesta a como lo ha venido haciendo. Lástima que en cuatro años haya cultivado tantos motivos para la desconfianza. Siempre ha dicho lo que convenía en cada momento y circunstancia. ¿Cabe pensar que las urnas del domingo le hayan transmutado hasta perder esa inconsistencia suya tan propia de la veleta? Ojala.

Ya no necesita de Pactos del Tinell, ¿pero se resistirá en verdad a seguir echando de la cancha democrática a los diez millones y medio de votos populares? ¿Asumirá que el otro cuarenta por ciento de los españoles algo tiene que decir sobre la organización política y territorial del país; sobre la educación que dar a las generaciones siguientes; y también sobre las pautas éticas y culturales para una convivencia integradora de la nación?

Tampoco la casa de enfrente ofrece demasiadas certidumbres porque el problema no es sólo si serán conscientes de por qué han perdido. El gran mérito de su presidente radica en haber mantenido unidas las huestes; incluso le han crecido, pero ¡ay! no lo suficiente como para que la mayoría del país le confiara su gobierno hace tres días. ¿Por qué iba a hacerlo si en cuatro años no le brindó un solo motivo para la ilusión?

Rajoy ha resistido mal que bien demasiados vientos en contra. Los adversarios, los reconocidos, soplaban desde enfrente para tumbarle mientras otros, menos conocidos como adversarios, le espoleaban de lado y por la espalda con el fin de escorar la nave a estribor. No llegaron a hundirla, pero se han cargado a la tripulación. Son quienes cada mañana, y haciéndose pasar por amigos, descalifican sin límite, movilizan sin brújula y hasta dispensan visados de limpieza democrática.

Con la tripulación agotada y esas rémoras en torno es harto difícil que el gran partido liberal, necesario como alternativa real, concite la mayoría suficiente para gobernar hoy España.

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Cosas serias de que hablar

No existen razones para esperar peras de los olmos. Y sin embargo la fe forma parte de la naturaleza humana, tendemos a creer más allá de la lógica y de las experiencias vividas.

Abierto un nuevo período político, lo llaman legislatura, quien más y quien menos alberga la esperanza de que populares y socialistas puedan volver a hablar de las cosas que a todos importan. Aunque no haya un solo dato del que colgar tamaña ilusión. Es más, el hecho de que Zapatero y Rajoy ni se saludaran la pasada semana en el acto oficial que honraba a los muertos del 11-M es el peor síntoma posible del estado de la situación.

Lo extraño es que no se abran horizontes distintos, que no irrumpa en el escenario una nueva ola de ciudadanos libres y dispuestos a despabilar a los atenazados por la pesadilla del mal menor, a los instalados en lo malo conocido; a romper con tanta trinchera berroqueña levantada a golpe de prejuicios y mala leche.

Terminará por ocurrir; la duda estriba en el cuándo, en cuánto tiene que llegar a deteriorarse la convivencia para abrirse la crisis. De la lisis a la crisis. Mientras, las ganas de que las cosas vayan bien mantienen en pié esperanzas tantas veces insatisfechas. Porque, además, no suele ser cierto que los políticos tomen nota de sus errores, como tampoco lo es que los votos comporten mandatos imperativos más allá de lo que cada candidato ofreció. Y en eso de ofrecer no se lucieron, por cierto. Ni una meta, próxima o lejana. Ni una razón para soñar un escenario mejor.

Y sin embargo, hay cosas serias de las que podrían comenzar a resolver Zapatero y Rajoy antes de bisar la goyesca tragedia del garrotazo y tentetieso. Por ejemplo, salvar la administración de justicia. Salvarla de la partitocracia y de la prevaricación; desenterrar a Montesquieu y sepultar el uso alternativo del Derecho. Sería como empezar el principio.

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Sin paliativos

Cuando un personaje dotado de tantas carencias es capaz de revalidar su posición es que la alternativa resulta aún menos atractiva. Esa es la gran lección de los comicios de ayer, en mi opinión; lo demás, perder el tiempo.

Cuánto haya influido nuevamente un golpe terrorista, o la capacidad de simular, mentir o trampear que usa el presidente del Gobierno deberían ser cuestiones menores ante la magnitud de las quiebras causadas en la sociedad española durante los cuatro últimos años.

El Partido Popular no ha representado a la España joven y dinámica; ni tampoco a la madura, liberal y sensata. Ni una ni otra gustan de ir de víctimas por la vida, que es el papel que unos pocos iluminados cegados de resentimiento le han hecho jugar al partido que debiera haberles representado.

Después de tanto dislate gubernamental, la derrota popular no tiene paliativos. Los responsables de ese partido deben acometer ya una segunda o tercera refundación.

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Fábrica de boronos

Así se negocia con el Gobierno de la Nación, sí señor, echando un órdago sobre la Constitución. Eso es, entre otras cosas, lo del vascuence en los planes educativos del País Vasco.

Y también, una muestra del nivel de estulticia que puede lograr un político. Los complejos personales del sr. Ibarreche salen muy caros a los habitantes de las tres provincias que gobierna. Vive en otro mundo sin caer en cuenta de que en las regiones españolas que van por delante en cuanto a desarrollo cívico, cultural y económico, sus responsables políticos se ocupan más del horizonte de progreso por alcanzar que en rebuscar raíces bajo las piedras.

Hay que ser insensato para convertir la escuela vasca en una fábrica de boronos.

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