Cosas que deberían importar

Hace unos años, antes de que el gobierno español lograra el cerco internacional a la banda etarra, institucional, policial y económicamente, el común de los españoles solía sentir repugnancia cuando en un medio internacional los terroristas eran referidos con categorías disparatadas pero de consumo político aceptable, como independentistas vascos y demás. Incluso guerrilleros. Algún medio sigue en ello pero es, hoy por hoy, una excepción clamorosa.

Hace más años aún, los terroristas vascos contaban con refugio suficientemente seguro en Francia, cosa indignante que no podíamos entender. Al cabo de algún tiempo la cooperación fue abriéndose paso, como no podía ser de otra manera entre sociedades solidarias gobernadas democráticamente.

Eta fue manipulada por los agentes de la guerra fría, por ambos bandos, pero derribado el muro quedó a la intemperie de su propia locura. Y en ella sigue, buscando ocasionalmente apoyos en los puntos más débiles de la conciencia pública internacional, pero sin cosechar demasiados triunfos en ese terreno. Digamos que en el primer mundo no hay sitio para ellos.

No es el caso de las FARC, como demuestra el tratamiento que suelen recibir en parte de nuestros propios medios. Las televisiones hablan de la guerrilla colombiana, como hacen nuestras agencias con harta frecuencia, y algún diario llega a publicar, el pasado fin de semana sin ir más lejos, un extenso reportaje gráfico en el que narcoterroristas fusil de asalto en ristre hacen de las FARC una especie de banda de contrabandistas románticos, algo así como los de la Carmen de don Próspero Mérimée.

Este tema no cabe ser cubierto por el manto encantador del exotismo. Los narcoterroristas que operan en Colombia y vecinos, que han estado a punto de crear un conflicto armado en la zona, encuentran cobijo seguro en la selva de la propia Colombia, y al otro lado de las fronteras con Venezuela y Ecuador.

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El futuro y las rémoras

El presidente reelecto ha dicho que gobernará de forma opuesta a como lo ha venido haciendo. Lástima que en cuatro años haya cultivado tantos motivos para la desconfianza. Siempre ha dicho lo que convenía en cada momento y circunstancia. ¿Cabe pensar que las urnas del domingo le hayan transmutado hasta perder esa inconsistencia suya tan propia de la veleta? Ojala.

Ya no necesita de Pactos del Tinell, ¿pero se resistirá en verdad a seguir echando de la cancha democrática a los diez millones y medio de votos populares? ¿Asumirá que el otro cuarenta por ciento de los españoles algo tiene que decir sobre la organización política y territorial del país; sobre la educación que dar a las generaciones siguientes; y también sobre las pautas éticas y culturales para una convivencia integradora de la nación?

Tampoco la casa de enfrente ofrece demasiadas certidumbres porque el problema no es sólo si serán conscientes de por qué han perdido. El gran mérito de su presidente radica en haber mantenido unidas las huestes; incluso le han crecido, pero ¡ay! no lo suficiente como para que la mayoría del país le confiara su gobierno hace tres días. ¿Por qué iba a hacerlo si en cuatro años no le brindó un solo motivo para la ilusión?

Rajoy ha resistido mal que bien demasiados vientos en contra. Los adversarios, los reconocidos, soplaban desde enfrente para tumbarle mientras otros, menos conocidos como adversarios, le espoleaban de lado y por la espalda con el fin de escorar la nave a estribor. No llegaron a hundirla, pero se han cargado a la tripulación. Son quienes cada mañana, y haciéndose pasar por amigos, descalifican sin límite, movilizan sin brújula y hasta dispensan visados de limpieza democrática.

Con la tripulación agotada y esas rémoras en torno es harto difícil que el gran partido liberal, necesario como alternativa real, concite la mayoría suficiente para gobernar hoy España.

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Cosas serias de que hablar

No existen razones para esperar peras de los olmos. Y sin embargo la fe forma parte de la naturaleza humana, tendemos a creer más allá de la lógica y de las experiencias vividas.

Abierto un nuevo período político, lo llaman legislatura, quien más y quien menos alberga la esperanza de que populares y socialistas puedan volver a hablar de las cosas que a todos importan. Aunque no haya un solo dato del que colgar tamaña ilusión. Es más, el hecho de que Zapatero y Rajoy ni se saludaran la pasada semana en el acto oficial que honraba a los muertos del 11-M es el peor síntoma posible del estado de la situación.

Lo extraño es que no se abran horizontes distintos, que no irrumpa en el escenario una nueva ola de ciudadanos libres y dispuestos a despabilar a los atenazados por la pesadilla del mal menor, a los instalados en lo malo conocido; a romper con tanta trinchera berroqueña levantada a golpe de prejuicios y mala leche.

Terminará por ocurrir; la duda estriba en el cuándo, en cuánto tiene que llegar a deteriorarse la convivencia para abrirse la crisis. De la lisis a la crisis. Mientras, las ganas de que las cosas vayan bien mantienen en pié esperanzas tantas veces insatisfechas. Porque, además, no suele ser cierto que los políticos tomen nota de sus errores, como tampoco lo es que los votos comporten mandatos imperativos más allá de lo que cada candidato ofreció. Y en eso de ofrecer no se lucieron, por cierto. Ni una meta, próxima o lejana. Ni una razón para soñar un escenario mejor.

Y sin embargo, hay cosas serias de las que podrían comenzar a resolver Zapatero y Rajoy antes de bisar la goyesca tragedia del garrotazo y tentetieso. Por ejemplo, salvar la administración de justicia. Salvarla de la partitocracia y de la prevaricación; desenterrar a Montesquieu y sepultar el uso alternativo del Derecho. Sería como empezar el principio.

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Sin paliativos

Cuando un personaje dotado de tantas carencias es capaz de revalidar su posición es que la alternativa resulta aún menos atractiva. Esa es la gran lección de los comicios de ayer, en mi opinión; lo demás, perder el tiempo.

Cuánto haya influido nuevamente un golpe terrorista, o la capacidad de simular, mentir o trampear que usa el presidente del Gobierno deberían ser cuestiones menores ante la magnitud de las quiebras causadas en la sociedad española durante los cuatro últimos años.

El Partido Popular no ha representado a la España joven y dinámica; ni tampoco a la madura, liberal y sensata. Ni una ni otra gustan de ir de víctimas por la vida, que es el papel que unos pocos iluminados cegados de resentimiento le han hecho jugar al partido que debiera haberles representado.

Después de tanto dislate gubernamental, la derrota popular no tiene paliativos. Los responsables de ese partido deben acometer ya una segunda o tercera refundación.

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Fábrica de boronos

Así se negocia con el Gobierno de la Nación, sí señor, echando un órdago sobre la Constitución. Eso es, entre otras cosas, lo del vascuence en los planes educativos del País Vasco.

Y también, una muestra del nivel de estulticia que puede lograr un político. Los complejos personales del sr. Ibarreche salen muy caros a los habitantes de las tres provincias que gobierna. Vive en otro mundo sin caer en cuenta de que en las regiones españolas que van por delante en cuanto a desarrollo cívico, cultural y económico, sus responsables políticos se ocupan más del horizonte de progreso por alcanzar que en rebuscar raíces bajo las piedras.

Hay que ser insensato para convertir la escuela vasca en una fábrica de boronos.

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Como la veleta

Ya marcha el primero por la senda electoral repartiendo contradicciones y euros a granel.

Desde el púlpito adornado con los tafetanes de la vicepresidenta, se proclama implacable contra quienes hace tres meses eran dignos hombres de paz, presume de que el Estado es más fuerte que nunca y revela su gran iniciativa personal: España, imagen de marca.

No importa que el español se reduzca a tres tristes horas en escuelas públicas gallegas, o lo de alguna selección regional haciendo el ridículo en torneos internaciones. No importa, ni aún presidiendo Xunta y Generalitat compañeros socialistas. Tampoco importa saber qué es un Estado fuerte, pero sospecha que hoy suena bien. Como lo de España; los Estatutos pasaron, piensa él, como todo pasa. Y así pasaron los etarras a unos cuantos ayuntamientos en el norte y a punto estuvieron de hacerlo al gobierno foral de no haber cambiado de opinión, algo tan suyo, en el último instante.

Y por euros que no quede… el 5 de julio se sintió llamado a salvar la familia regando con dos mil quinientos euros la llegada de cada bebé; desde entonces se afana por satisfacer la oferta de votos que genera el desconcertante papel asumido por la oposición popular.

Fino de olfato para apañárselas entre los vericuetos del poder, no le bastan los pensionistas, siempre tan traídos y llevados; hay que tirar a cuanto se mueva; pluma o pelo, poco importa. Y que nadie se vaya de vacío: dale al salario mínimo Caldera, que Solbes cuadrará la cuenta.

Y en estas, el señor presidente tiene el tupé de autoproclamarse persona coherente. Coherente o constante como la veleta, siempre aproada al viento, venga por donde venga; tan pronto apuntando al este como al oeste, al norte como al sur. “Nunca lo haré”, dijo hablando de subir el salario mínimo ante unas elecciones. Pues ahí lo tienen. Saltando el abismo de la incongruencia con la mayor naturalidad, con la misma ligereza con que ayer dijo que lo de Nación es un término discutible y discutido y hoy se llena de balón hablando de España. ¿En qué quedamos, hombre de Dios, y por cuánto tiempo?

No hay dirigente político, fuera de su partido, que no haya puesto en solfa la coherencia del señor presidente. Ni uno; desde Llamazares a la Lasagabaster, de Carod a Rajoy pasando por Pujol, regionalistas aragoneses, cántabros o canarios, nacionalistas gallegos, vascos, en fin, todos, se mofan de la credibilidad presidencial.

Dentro de su propio partido, también. Pero ahí siguen los socialistas españoles, embelesados por la liviandad de la veleta que orienta sus pasos hacia nadie sabe dónde. Eso sí, de momento continúan disfrutando de las comodidades del poder.

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