Rajoy abrió la puerta

Lo sucedido la pasada semana en torno al caso Correa ha sido letal para el presidente del PP. El liderazgo no admite vacíos, lo que el líder ordena se cumple, y quien le plante cara la pierde en el acto.

El líder deja de serlo cuando un pijo que venía ejerciendo de secretario regional del partido le reta en conferencia de prensa convocada para decir que no piensa hacerle puñetero caso. Y si el presidente de esa organización regional no ejecuta lo que se le ordena, es que ya no se le respeta.

Con lo ocurrido Rajoy perdió la ocasión para imponerse definitivamente como referente del cambio necesario.

Primero, en su propio campo, liderándolo sin ambages, sacando de sus filas a los indeseables que se hayan nutrido de la mierda que corre por los albañales de la sociedad actual. Uno a uno, y por su orden. Sin excusas procesales, exigiendo lo que a él compete, responsabilidades políticas. ¿Qué estupidez es esa de que mientras no haya imputados…?

Y ante todo el país, denunciando alto y claro la última maquinación del Gobierno para distraer la atención de lo fundamental y, de paso, laminar la única alternativa real. Claro que el chorizo de Correa existe, que Bárcenas es un extraño senador, que docena y media de militantes populares ha envilecido la política; todo eso parece cierto. Tanto como la explotación planificada de las pesquisas policiales, las escuchas ilegales del juez de siempre, los intentos de la fiscalía de borrar cuanto exculpe a los expuestos en la picota, y, en general, la violación de las garantías jurídicas que asisten al ciudadano.

No habiendo hecho nada de todo ello, el propio Rajoy ha abierto su puerta de salida. No es mal momento, Zapatero no osará abrir las urnas a cinco millones de parados. Hasta el 2011 queda un buen rato.

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El gran debate

Y entra ahora en escena el de Justicia para decir que al Estatuto catalán hay que aplicarle el mismo principio que a los sospechosos; ¿por qué negar al Estatut la presunción de constitucionalidad? No consta que la ocurrencia se debatiera en el sínodo socialista del sábado último; en realidad sólo consta que no se debatió nada.

El único debate es el que enfrenta al otrora grupo amigo con la presidencia, pero éste no traspasa las bambalinas de los medios. El poder se siente asistido por la gracia de algo o alguien tan poderoso que todo le resbala, por fuerte que se torne la discusión. De aquella portada dominical con la llamada de socorro “El país a la deriva”, ilustrada por un zangolotino con el timón entre manos, han pasado en una semana a lindezas como llamar funámbulo al mismo timonel, ahora descrito como un veleidoso promiscuo de geometría variable que practica la bigamia más versátil y voluble para mantenerse en el poder. Homérico.

Que un ilustre colaborador del primer diario del país, durante años debelador implacable de la oposición, siga hablando de la adúltera estrategia y del presidencialismo centrífugo de Rodríguez Zapatero sería grave si este país tuviera una sociedad libre y educada, raíces éstas, la libertad y la educación, de una opinión pública responsable. Pero nada ocurre; la sociedad de nuestros días, adormecida por las subvenciones públicas está engolfada en los reality-shows. Y así van las cosas.

La secretaria de organización socialista salió del cónclave del último fin de semana asegurando que” juntos y juntas” de esta crisis acabaremos saliendo si confiamos en el gran timonel y haciendo oídos sordos a los cánticos de sirenas, del Consejo de Estado y de la Comisión Nacional de la Competencia.

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El pesidente se supera

“¿Por qué se lo pediremos?, porque es razonable”. He ahí la razón de la subida de impuestos en boca de su propio autor. Lo del presidente del Gobierno -¿hasta cuándo?- es cada vez más sorprendente. Se supera a sí mismo como no constan precedentes en la historia de las naciones. Sube los impuestos porque es razonable. No los sube en función de una estrategia definida; sólo para tapar la boca a la izquierda cuyos votos trata de rascar. No los sube en la cuantía precisa para afrontar tal o cual agujero; sólo porque hay que hacer que algo se hace cuando ha metido al país en la peor recesión de su historia reciente. Al tiempo.

Mintió hace pocos meses asegurando que no los subiría. Mintió hace un par de días queriendo tomar tiempo tras el globo sonda lanzado por su ministro de Fomento. Miente ahora cuando afirma que sólo tocará la cartera de los ahorradores con activos financieros. Al tiempo.

Con eso, y quitando a los llamados “ricos” la insólita subvención de los 400 euros para apañar votos en las pasadas elecciones, no va a ninguna parte. Mejor dicho, va de mal en peor. Un primer ministro no tiene por qué ser experto en política económica, pero ha tenido tiempo para comprender que los euros que apañará por esta vía los perderá en la menguante recaudación global del sistema. Al tiempo.

Y además tiene el tupé de decir solemne y desde Suecia, que las ref ormas se harán por Ley. Lo que faltaba. Que no perdiera las cuatro tardes que Jordi Sevilla le recomendó dedicar a la economía, pase; pero no tiene pase que el profesor de derecho constitucional, que al parecer lo fue en León no aprendiera que las de impuestos fueron precisamente las primeras leyes de los primeros parlamentos. Para los ciudadanos la cuestión es más seria que la TDT.

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Juegan con fuego real

De un lado, los socialistas del Gobierno echan más leña a la trituradora diseñada para liquidar a la oposición. Ésta responde denunciando el abuso que aquéllos hacen de las instituciones estatales. En el medio, el común asiste perplejo a esta extraña batalla campal de la que sólo quedarán escombros; escombros del marco político disfrutado en los últimos treinta años. ¿Hay alguien capaz de arriesgar lo que sea menester para restaurar la normalidad ciudadana?

El aprendiz de brujo y sus bomberos pirómanos quisieron superar a Blair con una cuarta vía a la española, pero lo que realmente han abierto es una vía de agua de impredecibles consecuencias. Por el momento la nave navega sin rumbo cierto; los puntos cardinales son cosa del pasado.

Ahí está el manejo de la crisis económica, desde los insólitos presupuestos estatales aprobados para no ser cumplidos, hasta el Plan E, pasando por la incapacidad para encauzar un diálogo social de mínimos; o la política exterior, pueril y pendular como los andares del abrazafarolas. Qué decir de la armonización autonómica, de la Educación, o de la política cultural. ¿Y de las sandeces que emite el ministerio de Igualdad, hasta con rango de ley en algunos casos?

Por no entrar en otras cuestiones –la reescritura de la guerra civil, las relaciones con la iglesia romana, el aborto, etc.- con que los bomberos pirómanos atizan fuegos fatuos para sustraer del debate nacional el verdadero drama del paro, la inseguridad ciudadana, la incivilidad y demás derivados de la situación que arruinan la convivencia.

Queda la Corona. Para un republicano, y así se proclama nuestro primer ministro, la entrada en escena del gran moderador podría marcar el principio del gran final; el triunfo definitivo del adanismo. ¿De eso se trata?

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Economía sostenible, democracia orgánica

Como los trileros, engañar es el primer objetivo de quienes tratan de vender lo que no tienen; en su caso, con un eslogan. Los gerifaltes del franquismo hicieron fortuna y ganaron muchos años con aquello de la “democracia orgánica”.  El invento no fue suyo; dos décadas antes Salvador de Madariaga había llamado así a un teórico sistema representativo basado en las organizaciones sociales frente a las de clase que estaban arruinando la segunda república. Pero el régimen de Franco lo hizo suyo hasta terminar auto definiéndose así.

La “democracia popular” fue otro engañabobos; precisamente los pueblos fueron  quienes sufrieron sus consecuencias en media Europa hasta bien recientemente. La “democracia socialista”, soviética o cubana, como su epígono chavista-bolivariano del “socialismo del siglo XXI”, son otras tantas formas de meter gato por liebre. Como lo de la “economía sostenible”, último reclamo del gobierno Rodríguez Zapatero.

La factoría propagandística del régimen actual parece decidida a diversificar sus mensajes. Ahora, además de poner en la picota a la oposición, toma la Economía como material de trabajo. Obvio cuando la crisis es el primer motivo de preocupación de los españoles que ven como otros comienzan a dar señales distintas de las que emite nuestro país.

Y otro tema sensible es la sostenibilidad. No sólo la del planeta, ni siquiera la del progreso económico, sino la del trabajo de cada uno del ochenta por ciento que aún lo conserva. Pues verde y con asas: “economía sostenible”

Pero no hay cuidado,del nuevo bálsamo de Fierabrás el gabinete tiene más que el envase, el nombre.  En tiempos de bonanza fue la Alianza de Civilizaciones. Ahora es la Economía Sostenible. El arma definitiva contra la crisis.

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Cada treinta años

En el Foro de la Sociedad Civil decía el lunes en Madrid Víctor Pérez Díaz que los problemas de hoy tienen difícil arreglo; es más, apuntó  que probablemente estemos en el final de un ciclo iniciado hace treinta años, tan brillante o más para la convivencia, la modernización y desarrollo socioeconómico del país como lo fueron períodos semejantes en los dos siglos anteriores. Y ponía como ejemplos los treinta primeros años del reinado de Isabel II, cuando comienza a construirse el Estado liberal tras el extemporáneo absolutismo fernandino, y el período que a caballo entre los dos últimos siglos inicia la restauración canovista y cierra la dictadura de Primo de Rivera.

A partir de ahí uno se pregunta si nuestros días terminarán como aquellos anteriores paréntesis de libertad y progreso, los únicos que este país llamado España conoció en doscientos años.

¿Será posible que esta sociedad sea incapaz de vivir más allá de treinta años en paz consigo misma?

La Transición fue un gran ejercicio de concordia. Los recuerdos bárbaros de la guerra civil contribuyeron a trenzar un consenso inaudito en nuestra historia. Se constitucionalizaron cuestiones que, perdidas la generosidad y buena fe de aquellos años germinales, han contribuido a provocar lo que pasa. Por ejemplo, la partitocracia.

Los partidos sacados entonces con fórceps de la nada para racionalizar los primeros procesos electorales han acabado monopolizando los principales resortes de la sociedad. Además de laminar la separación de poderes, por supuesto. Su metástasis y el caciquismo que provoca en militantes y votantes hacen poco menos que milagrosa una regeneración interna del sistema.

Consolémonos con  Churchill y aquello de esto no es el final, ni siquiera el principio del final, pero quizá sea el final del principio. En una de esas nos hacemos normales.

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