Gran mitin liberal

Esta tarde asistí a un mitin insólito.  En medio de una campaña electoral, todo acto que convoque a unos cuantos centenares de personas cabría ser tomado como un mitin. Sobre todo si en el cartel figura la candidata a la reelección en la presidencia de Madrid;  fuera de cartel, un expresidente del Gobierno, y como argumento, una ideología: el liberalismo. Lo insólito fue la dignidad del acto. Las circunstancias apuntadas no restaron un ápice de interés y nivel cultural. Y es que hay otra forma de hacer política.

Se presentaba en el salón de columnas del Bellas Artes de Madrid el libro que Mauricio Rojas ha escrito y Esperanza Aguirre prologa; un ensayo que cabalga sobre la política y biografía, bajo el título “Pasión por la libertad”, complementado con un esclarecedor apoyo: “El liberalismo integral de Mario Vargas Llosa“.

Sencillamente, les recomiendo su lectura. Es de gran interés ver cómo el último Nobel de las Letras llegó a la conclusión de que el paraíso no es de esta tierra, en contra de lo que prometían el castrismo y demás revoluciones de la guerra fría, años 50/60 del pasado siglo. Y aún mayor, cómo desmantela las falsas imágenes levantadas contra los liberales por la progresía retardataria.

Traten de verlo en www.holanews.es, un nuevo canal en la red en el que volverán a ver a Pedro González Martín, en su día corresponsal diplomático de TVE. Esperanza Aguirre habla con el aplomo que muy pocos políticos llegan a hacerlo, y de Mario Vargas Llosa qué voy a decirles. Si los mítines fueran así no habría plazas de toros suficientes, y la Puerta del Sol estaría hoy limpia y abierta a los paseantes.

Esta es otra forma de hacer política. Yes, we can.

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De los polvos del felipismo a la carne de gallina

Para empezar, el llamado Tribunal Constitucional poco tiene que ver con la administración de Justicia. O nada. Es un órgano ajeno a los poderes del Estado. Es una institución de alcance político creada en principio para la salvaguadia de los derechos y libertades de las personas. La Constitución lo tiene claro: despues del Título 1º, dedicado a los Derechos y Libertades, y del 2º, la Corona, continúa por definir los poderes del Estado, comenzando por el Legislativo, siguiendo por el Ejecutivo y concluyendo en su Título 6º con el Poder Judicial. Hasta el final, Título 9º, no se ocupa del llamado T. Constitucional.

Los socialistas, no sólo la rama adanista actual, han gustado de politizar los órganos del Poder Judicial, y por extensión del T. Constitucional. Fue en tiempos de González cuando el Ejecutivo hizo que el Legislativo cambiara la composición del Judicial. Recuerdo como si fuera hoy la argumentación entonces blandida, 1985: “Puesto que la justicia emana del pueblo, el pueblo tiene que designar a sus administradores, y como el pueblo está representado por los diputados y senadores, estos han de designar a los magistrados”.

La razón de fondo era bastante más corta: “Acabemos de una vez con los jueces franquistas; el poder judicial no puede ser ajeno al cambio”. Y así remataron al barón de Montesquieu, como dijo Alfonso Guerra. Se abría el camino para hacer realidad otra frase suya para el bronce: “el día que nos vayamos a España no la va a conocer ni la madre que la parió”.

Pues de aquellos polvos alocados en el festival de la mayoría absoluta socialista del año 82 salen los lodos de hoy. Y así don Pascual Sala, miembro de la asociación Jueces para la Democracia, actual presidente del Constitucional, antes del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial y antes del Tribunal de Cuentas fue haciendo su curriculo a golpe de propuestas socialistas.

Mi amigo Joaquín Leguina recuerda en su blog casos ejemplares, Tomás Becket y Tomás Moro, de hombres que optaron por su conciencia frente a la voluntad de sus respectivos soberanos. Ambos fueron cancilleres del Reino, en el siglo XII el primero y el segundo en el XVI. Becket, arzobispo, fue asesinado en su catedral de Canterbury; el jurista Moro, decapitado en la Torre de Londres.

Que no le vengan ahora con puñetas, ni le engañe la carne de gallina que don Pascual dice sentir cuando se cuestiona su independencia. Las cosas claras: el Constitucional es una institución política, no es Poder Judicial. Y lo volveremos a ver más pronto que tarde cuando invada de nuevo competencias de la jurisdicción ordinaria, caso de la acción popular. ¿Saben que ya la reconocía la Constitución de 1812 para actuar contra el soborno y prevaricación de jueces y magistrados?

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Mas/Durán y el mango de la sartén

Se han encoraginado. Sin un euro por culpa del tripartito instalado en Cataluña hasta su llegada, los de CiU amenazan al Gobierno -quizás Estado- si no les llegan ya más de mil cuatrocientos millones de euros para ir tirando. Dicen que tirarían de déficit arruinando así los anuncios de Salgado por ajustarlo conforme a lo prometido en la UE. No les importa, siguen diciendo, que el país, el de todos, sea la siguiente ficha en caer de esta especie de dominó en que ha degenerado la europa del euro.

Pasada la primera sensación de estupor, indignación, etc. la amenaza provoca a la risa. Ese pegarse un tiro en el propio pié suele ser un truco cinematográfico para aliviar tensiones en los western o thriller de turno. Pero, hombres de Dios, ¿pidieron permiso a la Caixa del sr. Fainé o al Barça del pan y circo para amagar con tan solemne estupidez?

Ante una elecciones y un público alimentado por la educación sociocatalanista de los últimos decenios, allí siempre cae bien cualquier la arremetida contra eso que llaman Madrid. Pero es de suponer que algún alma buena habrá que les explique lo que realmente nos/les pasaría de caernos encima una intervención como la griega, que no les llega ni para pagar las cuotas del crédito prestado.

Estas salidas de pata de banco se explican en señores como Mas, Oriol Pujol y otros convergentes. ¿Pero qué dice el diputado Durán y Lleida, don José Antonio, siempre tan sensato cuando habla ante una cámara de TVE, el político por el que suspiran las amas de casa bienpensantes de media España?

Los convergentes y su parroquia acabarán cayendo en cuenta de que no tienen más poder de presión que el el del pataleo. La sartén por el mango la tiene el Gobierno de la nación. No digo yo que no se les escurra y pongan todo perdido -¿se imaginan que la sartén tuviera aceite?-. De momento deberían utilizarla para emprenderla a sartenazos con los jugadores de ventaja. Por ejemplo, poniendo en marcha la reforma de la ley electoral.

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Con Dios, monsieur Chirac

Este recordatorio dedicado al saliente presidente de Francia arranca  desde un año atrás, cuando en Viena fracasaba la cuarta cumbre euro latinoamericana. Ni americanos ni europeos habían llegado a la cita en condiciones de defender intereses o puntos de vista medianamente articulados.

De  un lado, los países del centro y sur de América vivían  tensiones internas de gran calado. La antiglobalización hecha carne en el eje populista-indigenista-comunista de Chávez, Morales y Castro trataba de hacer metástasis por el resto del continente con la ayuda, más que impagable puntualmente recompensada, de “Le Monde Diplomatique”. Pese a esta y a los petrodólares venezolanos, las elecciones presidenciales siguientes en Perú, Colombia y México pusieron cerco al tumor.

En la otra orilla del Atlántico, o sea aquí, la mayoría de miembros de la Unión Europea no se sentía concernida por lo que pasaba en el continente americano. Es más, algunos se regocijan indisimuladamente de cada traspiés que la metrópoli del antiguo imperio, nosotros, pueda sufrir en aquellas tierras, en las que no supieron ni pudieron abrirse paso y que hoy representan para España lo que en el Reino Unido la Commonwealth, o para Alemania los países emancipados de la dictadura soviética.

España pudo haber cambiado el sentido de aquella cumbre intercontinental, pero desde la presidencia del Gobierno hasta los servicios de información los medios estatales llevan tiempo dedicados a otros menesteres.

Aquí, la información de lo que pasa en el mundo sigue siendo un lujo que se satisface en libros o medios extranjeros. No es extraño que nuestra sociedad no alcance a valorar el sentido de la presencia española en aquel mundo que nos gusta llamar Hispanoamérica pero que el resto ha bautizado como Latinoamérica. Como tampoco supo calibrar las simplezas con que, hace tres años y pico, el entonces candidato presidencial ZP presentó su alternativa. Para la política internacional acuñó aquello de “volver a Europa”.

Nadie sabe si hemos vuelto ni a dónde, pero en cualquier caso Europa no es la misma de entonces tras las elecciones en el eje franco alemán.

Aquella brillante ocurrencia de volver a donde nunca nos fuimos sólo sirvió para sembrar dudas sobre la fiabilidad de nuestra política exterior, además de conseguir el desprecio de “la gran potencia”, como Putin y los chinos llaman a los Estados Unidos sin hacer reparos en la torpeza de su líder actual.

En esas estábamos, haciendo amigos y entretenidos con los estatutos de las naciones chicas que nos salen por doquier, cuando el presidente aymará de Bolivia comenzó a sacudirse de encima la legalidad allí vigente, y antes de volar a la capital austriaca aprovechó el 1º de mayo para expropiar a españoles y brasileños las concesiones de hidrocarburos que venían explotando; y a sus propios conciudadanos, por cierto, las acciones garantes del futuro de sus pensiones.

Ya en suelo europeo y en rueda de prensa, que no haya secretos, reclamó al presidente del Gobierno español que cumpliera lo que le prometió: cancelar la deuda y duplicar la ayuda a Bolivia.

Y allí fue, veinticuatro horas después, en la propia Viena, donde este insólito personaje nutrido por Chávez fue solemnemente felicitado por uno de los presidentes presentes en la cumbre: “Evo, estás devolviendo el honor a tu pueblo; felicidades, ya era hora. Después de quinientos años un presidente indígena decide devolver el honor a su pueblo; bien hecho. No hagas caso de la prensa”.

Quien así se habló no era un colega indigenista, ni populista, tampoco socialista, ni comunista, que alguno queda de entre las ruinas del imperio soviético. No; era un llamado conservador: el engolado presidente de la República Francesa.

El que estrenó su primer mandato, doce años ha, explosionando seis bombas atómicas en los atolones de la Polinesia francesa. El alcalde de París durante 18 años que más sumarios judiciales acumuló por indicios de corrupción -empleos ficticios, financiación ilegal del partido, adjudicaciones irregulares de viviendas, viajes privados con dinero público-; de todos se ha librado por la irresponsabilidad penal con que la constitución blinda a sus presidentes. El derechista francés que en las elecciones presidenciales del 81 pidió el voto para el socialista Mitterrand, en contra su propio presidente Giscard.

Era el “doctor Chirac”, como él mismo pidió al palestino Arafat que le llamara, y que no dudara hacerlo en caso de necesidad; el jefe de las tropas francesas que masacraron una muchedumbre de manifestantes en Costa de Marfil no hace siglos, sino ochocientos días; el primer amigo de los dictadores africanos y del oriente medio; el único asistente a los funerales del dictador sirio Hafez Asad; el autor de la sentencia “la democracia es un lujo para los africanos”; el primer ministro europeo que, mediada la década de los 70 puso a disposición del dictador iraquí S. Husseim su amistad personal -“te garantizo mi estima, consideración y afecto”- y un programa nuclear que traería sangrienta cola al cabo de los años..

En fin, Jacques Chirac, el presidente a quien parece importarle un bledo Bodin, Rousseau, el barón de Montesquieu y demás artífices del Estado de Derecho. Su saludo a Evo Morales revela la catadura de ese tipo de personajes que deslumbran a nuestros actuales gobernantes. Y, también, el grado de solidaridad al que pueden llegar los amigos europeos que ZP echaba en falta.

Naturalmente, mientras en La Moncloa alguien discurría entre dosier y dosier cómo duplicar ayudas y condonar deudas a quien metió mano en la cartera de españoles, en el Elíseo planeaban la consolidación en Bolivia de una base de operaciones para desembarcar en la región andina su petrolera nacional, su constructora nacional, su eléctrica nacional, en fin, la parafernalia societaria con la que nuestro vecino rico sigue manteniendo el control de las colonias que tuvo que liberar hace medio siglo.

“Francia no tiene amigos, sino intereses” dijo por entonces De Gaulle, un general que supo retirarse a tiempo, el orgulloso padre de la V República, maestro y primer jefe político de Chirac. Eran otros tiempos, las democracias se contaban con los dedos de las manos y se liquidaban los últimos restos coloniales. En aquella guerra fría, como en las calientes, todo servía para salir adelante: la insolidaridad e incluso la traición a los intereses comunes dentro del mismo bando. La Francia de De Gaulle hizo de ello un arte, minando las relaciones atlánticas y torpedeando la construcción europea con estériles disputas entre los pueblos y las naciones. No había amigos, sólo un interés: la “grandeur de la France”, que acabó poco menos que reducida a las treinta y cinco horas semanales.

Monsieur Chirac se apresta a salir de la escena; el personaje deja la nación aquejada de todos los síntomas de las esclerosis y, quizá, lamentando el triunfo de su ministro Sarkozy, ese nuevo Napoleón tan poco francés, y por eso tan rompedor, como el corso lo era. Con Segolène, soñó en más de una ocasión, seguramente habría merecido un mejor recuerdo por aquello de que “otra vendrá que bueno te hará”.

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Sinfonía patética

“Alcalde: todos somos contingentes, pero tú eres necesario”, grita un mozo al alcalde que lleva a las fiestas del pueblo a una señora estupenda en esa maravilla surrealista que Cuerda filmó hace ya más de veinte años, “Amanece que no es poco”.

Como salido de otro mundo surrealista, el presidente en funciones se esfuerza en decir cada vez más desatinos y en voz más alta. Me recuerda a Saza disfrazado de Guardia Civil disparando contra el sol en aquella misma obra de Cuerda. Pero más patético. Aquello de “yo no aguanto este sin dios” que el cómico catalán grita porque el sol ha salido por donde menos lo esperaba cuajaba en cómico. Lo de nuestro hombre es patético. Como un despedirse sin saber cómo.

Tchaikovsky compuso su última Sinfonía un año antes de morir. No le puso título a lo que hoy llamamos Sinfonía Patética. Fue un hermano quien así la bautizó, como tampoco es debida a Beethoven, sino a su editor, la denominación de Patética a su octava sonata para piano. Parece pues como si los protagonistas no cayeran en cuenta de lo que inspiran sus echos.

Vista desde fuera, la rebeldía contra lo imparable produce sentimientos encontrados. Para algunos podrían ser de admiración, si el rebelde patético no fuera culpable de sus desgracias; para otros, de franco desprecio. Y quizá algunos sintamos simplemente vergüena ajena viendo cómo una posición tan relevante como la de Presidente del Consejo de Ministros es devaluada sin remisión.

Con lo elegante que, llegado el caso, suele resultar un digno mutis por el foro. Pero hay quien prefiere morir matando.

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Los árboles y el bosque

Desde lejos las cosas se ven mejor, o diferentes al menos. Tenemos tan gastada la capacidad de valorar, comprender, que sólo desde cierta distancia se aprecia el conjunto de lo que pasa. Hipermétropes estamos.

La sabiduría popular cinceló aquello de que los árboles no dejan ver el bosque. Desde República Dominicana, por ejemplo, resultan fútiles los motivos de pelea en que se enzarzan algunos ante las elecciones locales próximas. Y no acaba de comprenderse el atrevimiento de los mentirosos, los pusilánimes, los machistas -de pretender ser más macho que el otro-, en fin, de la fauna nacional que cursa carreras políticas.

Cuando el país está hecho unos zorros, cómo puede perderse el tiempo en enredos y rifi-rafes como si esto fuera una linda kermesse?

Parece como si las gentes con talento probado se hubiera tomado vacaciones. Y sabido es que la masa sin levadura no hace pan, que es lo que hoy muchos necesitan.

Váyanse por donde vinieron los arbitristas que han jodido el país, y pídannos perdón quienes calientan los ánimos con cataplasmas rancias. No saben lo ridículos que resultan vistos desde aquí, fuera del ruedo. Ibérico.

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