Sin saber hasta dónde podría llegar ni cómo, Sánchez pidió cartas para jugar a ganarse la presidencia del Gobierno. Fue hace un mes, tiempo que solicitó para hacerse cargo de la situación ante tan suculento resto sobre la mesa. Cumplido el plazo ayer abrió la partida pero, ¡ay! no tenía triunfos suficientes en la mano; apenas una figura, escaso bagaje para llevarse las apuestas acumuladas sobre la mesa.
Mendigó nuevas cartas pero la mayoría cortó el juego; no tuvo ocasión de mejorar. Ni a derecha ni a izquierda encontró facilidades ni otros cómplices más allá del que él mismo llevaba invitado. En tal situación tiró de retos hacia su izquierda y de insultos a la derecha. Resultaba chusco verle maltratar a quien se sentaba a la mesa con más recursos y mérito acumulado en los últimos cuatro años. ¿Era aquello un discurso de investidura o una moción de censura?
La mitad de la hora y media con que llamó sobre sí mismo la atención del país, o trató de hacerlo, la dedicó el candidato al descrédito personal del presidente del Gobierno en funciones, a la reprobación de cuanto su gobierno hizo durante la última legislatura, y a despreciar a los 122 diputados populares que allí se sientan en nombre de siete millones trescientos mil ciudadanos, un millón y pico más de los que apoderan a los noventa suyos. No le interesan, no están entre las fuerzas del cambio. O del recambio, porque buena parte de los propósitos enunciados en lo que el discurso tuvo de investidura tenían un fin único: derribar lo construido durante cuatro años. Continue Reading ▶






