Higiene democrática, entiéndase. La momentánea clausura de la delegación del gobierno regional catalán en Bruselas es una medida inteligente para preservar aquel centro de lo grotesco. Que un Estado democrático pague oficina, agua mineral y cafés a un prófugo de la Justicia sobre el que pesan acusaciones del porte de sedición, rebelión, malversación, etc. hubiera sido, sencillamente, estrambótico.
Las protestas del flamante presidente de la cámara catalana por el cierre de la oficina se diluyen a la vista de la fotografía del acto finalmente celebrado en torno a una mesa cualquiera con el payasito a la cabecera. En una reunión con supuestos parlamentarios, el señor Torrent cede su puesto a un fugitivo de la justicia al que termina refiriéndose como legítimo president de la Generalitat. He ahí el cambio. Extraña manera de “coser la sociedad catalana”, objetivo que propuso en su toma de posesión. Continue Reading ▶






