“Inasumible” sentenció el psicópata, aún sigue fungiendo como primer ministro, ante la catástrofe ferroviaria que esta semana ha asolado las vidas de sesentainueve personas. Hace ocho meses, otra se llevó por delante a cuarenta y seis más.
¿Inasumible?, pues lárguese ya si no es capaz de reconocer las víctimas que su gestión está causando entre los viales de la alta velocidad, las inundaciones, los incendios y las pandemias. Sí, su gestión. No, perdón: la indigestión que aqueja a su ego atragantado de halagos y oropeles, además de la negra sombra de los tribunales que asedian su casa.
¿Mala suerte? Sí, la de la mayoría de españoles sometida al ametrallamiento de sus derechos y libertades desde el muro que levantó el primer día de su malhadado mandato para romper las costuras de la convivencia.
Un aventurero acostumbrado a confundir las urnas con cubiletes de trilero, hasta en su propio partido, y a vender presuntos principios por las sillas precisas para montar una timba, que en eso quedó el Congreso, no puede hablar en serio de responsabilidades, y menos aún ejercerlas.
Ni él ni sus subordinados, no vaya a quedar Su Persona sin los parapetos oportunos. Y ahí tienen a Marlasca, Bolaños, Albares y los Oscar, dos por el precio de uno, inmunes frente a la desconfianza de las instituciones.
Ahora es la hora de Puente, el ministro gamberro que entre tuit y tuit ha consolidado la cueva de Alí Babá heredada de su predecesor, que de hombre de la máxima confianza pasó a ser “un tal Ávalos” para el puto amo, como el propio Puente definió al hacedor de tal estado de cosas.
En eso ha convertido esta gente el ministerio de mayor presupuesto en cuatro años sin presupuesto. El patio donde Monipodio ejercía sus artes quedó chico para las tropelías que hoy lo han convertido en una madriguera de comadrejas sin oficio ni vergüenza. Técnicos, fuera; funcionarios, depende; esposas, hermanos, sobrinos y amigos, adelante… todo esto que ahí veis es vuestro. ¿Como los seis mil millones de fondos Next Generation para las infraestructuras ferroviarias?
Y el tal Puente osa resistir, dice que no se va, que está para… ¿para qué, solventar en medio mes lo que jodieron en cuatro años? ¿Acaso devolver la vida a más de un centenar de ciudadanos? No, tal vez para seguir agraviando al controlador que acusó desde el primer minuto entre tuit y tuit.
Acostumbran los tribunales a soterrar su trabajo en tiempo de elecciones, dicen que en el ara del respeto a la libertad del voto. Pero el político que oculta su responsabilidad persigue un fin opuesto: promover electores irresponsables, feligreses ignorantes de lo que tienen entre manos e incapacitados para sacudirse el yugo.
Injerencia en la campaña, pues claro; sacar conclusiones de lo ocurrido y explicarlo, naturalmente que sí. El elector sin información no es libre y corre el peligro de convertirse en secuaz de Alí Babá y sus ladrones.
El fracaso pertinaz de Puente no tiene más salida que la dimisión. No lo hace; la responsabilidad le es ajena, carece de ética, vergüenza y huevos para dejar a su señor en pelotas ante lo que en un mes se les viene encima.

