Bajo el cúmulo de embustes con que el sanchismo oculta la realidad, el exministro Puente se adornó con un adiós tan falso como el asombro que su predecesor fingía cuando fue despedido; Ábalos ¿recuerdan?, veinticuatro años a la sombra.
Qué mal fario ha sobrevolado el mandato de los dos hombres de la máxima confianza del mando, capaces de convertir el departamento con más posibles en el Ministerio de los Horrores; el primero por chorizo y putero, el segundo por sinvergüenza vocinglero.
El caso es que ante la diputación permanente del Congreso leyó un emotivo texto que llevaba preparado para reabrir la campaña electoral del sanchismo. Carpeta aparte, roja, tono en re menor, y de lo hasta entonces dicho, nada. Asume. ¿Qué asume?, ningún signo de perdón, las víctimas ¿qué víctimas?, lo que cuenta es el interés del partido. Todo por el partido… y por el puto amo.
Las campanas no tañeron para no aplastar la sorpresa. El golpe de efecto buscado por el gesto tenía otra letra: no todos somos iguales, que en cosa de minutos repitió la tropa, desde Sánchez hasta Patxi, extendiendo la nueva verdad como eco sobre los valles.
Después de estupideces como el partido del amor, leyenda con la que la pareja presidencial abrió la campaña, y la instalación en los mítines de kisscam para registrar la pasión de los feligreses, quien preparó la puesta en escena de la dimisión del sucesor de Ábalos, impuso la nueva verdad que campeará por toda España en vallas, pasquines y carteles.
El no todos somos iguales huele a ficha sacada del archivo del vendedor de crecepelo convertido ahora en viajante por tertulias y periódicos para engañar al personal. Hasta los muertos en las vías del AVE, proclamaba sin reposo que Sánchez ganaría a Feijóo, el gran vuelco a las encuestas que habría de confirmar la cocina de Tezanos.
El impacto de la tragedia del 28 de octubre en la conciencia de la gente impuso la necesidad de un nuevo relato. Y así se convirtió en político ejemplar al pelele roto por una calamitosa gestión ministerial.
Su caída de la competición electoral habría de tener el halo heroico –no todos somos iguales– de una dimisión personal, extraña en la politiquería habitual; una dimisión ajena incluso a quien definía como su puto amo.
Y amo y vasallo pasaron los últimos días y horas, insistiendo a dúo en que la responsabilidad –no todos somos iguales– impedía la dimisión; que el ministro tenía mucho por resolver, etc. Hasta que los dos últimos tracks demoscópicos anunciaron la catástrofe que se les venía encima.
En el ara de la salvación de su jefe y responsable máximo Puente fue cesado para que Sánchez pudiera presumir de que no todos los políticos somos iguales y seguir embarrando el país con viejas refriegas cuando más necesaria es la conciliación.
¿Dimitir al puto amo?, amos… anda.

