Tiene gracia que desde la India Sánchez anuncie que volverá a presentar su candidatura a la presidencia del Gobierno. Y lo hace horas antes de que García-Page exhiba en “El Hormiguero” de Motos el talante y capacidad política necesarios para poner en marcha un país postrado por la corrupción y el enfrentamiento civil provocado desde el gobierno sanchista.
El aviso revela la esencia de la política sanchista. Ni una idea estratégica; táctica tampoco. Todo se reduce a un empeño: aguantar, resistir la posición alcanzada, la Moncloa y el banco azul. Y el resto, ayuntamientos, gobiernos regionales, etc., allá se las compongan.
El millar de asistentes, asesores y altos funcionarios que le rodean está decididos a resistir con su jefe al frente emulando, los pobres, a aquellos militares del Alcazar toledano en el verano de 1936. A lo de ahora lo llaman resiliencia.
Visto lo visto, Page es hoy el socialdemócrata más lustroso en el panorama nacional. Cree en el país y sus paisanos, le espanta la polarización forzada desde arriba, sabe que la Constitución más que para tafetanes está para cumplirla y, sobre todo, tiene probado que consigue mayorías absolutas en su región.
Es consciente de la dificultad para conseguirlas en unas elecciones generales, sobre todo si dos regiones concurren dopadas. Cataluña convertida en socio de acuerdos bilaterales. El País Vasco, comprado con el vaciamiento de las cárceles, transferencias exclusivas y su cupo. Lo que se traduce en mayorías a merced de unos cuantos a quienes importa un bledo la nación que parasitan.
Por estas y otras razones, Page opina que Sánchez pasará a la Historia de manera muy diferente a la que le gustaría.
Y, además, el manchego sabe que el único juego capaz de sanar los malos humores que centrifugan al personal a los populismos es el ten con ten de socialistas y populares. En realidad, la socialdemocracia está en los genes de unos y otros; el liberalismo es un lujo añadido en algunos casos.

