La resiliencia del hoy primer ministro no es tan original como tal vez él pretenda. Antecedentes sobre esta vieja piel de toro hay para dar y tomar, demasiados como para caber en la ridícula Memoria Histórica que abrió aquel correveidile que atiende por Zapatero. La Historia tiene algunos años, hechos, ambiciones y modelos más de los que caben en un atadijo de intereses particulares.
Cuando no hay más objetivo que llegar hasta el 27 que estar, se está renunciando al ser y se acaba por no ser; nada ni nadie. Y como para estar es preciso poder estar el resiliente termina por venderse a quien le preste unos céntimos para la próxima carrera.
En ese mercadeo se transmuta en veleta, la más alta de todos los campanarios; hoy compra aquí lo que allí vendió ayer, y así confía en un perpetuum movile que, lejos de facilitarle eterna energía como sueña, termina consumiéndolo tal y como hoy se le ve a través del plasma.
Decía Leonardo da Vinci que los buscadores de quimeras no pasaban de meros aprendices de alquimistas. Y su colega Maquiavelo nos advirtió de que a un príncipe nunca le faltan razones legítimas para romper sus promesas.
Ese es el morral que Sánchez carga en sus espaldas; ahí lleva la poción mágica que hace una década convirtió en líder a un sinsorgo. Fue simpático, sí; moderno para lo que se llevaba, también, pero realmente incapacitado para dirigir el poder ejecutivo de cualquier organización, imagínense de un país.
Armonizar debe de sonarle a blasfemia, y así está dejando la nación. Cuando lo primero que promulgó fue levantar un muro para dividir la sociedad, para romper convivencias, incluso la familiar, dio la talla de lo que lleva en los adentros.
Miedo, mucho miedo siempre a cuanto la realidad le pone por delante. De las crisis sufridas salió corriendo el galgo de Paiporta, como se oculta ahora tras el cancerbero que tiene al frente del ministerio de Ábalos cuando el mal hacer causa cuarenta y seis muertes; sesga la vida de tantas familias que tampoco se atreve a afrontar ni siquiera en territorio sagrado.
Y frente a la corrupción, ¿sistémica?, la misma incapacidad para restaurar la verdad, la dignidad y la limpieza de cuanto le rodea, su casa, su partido, su gobierno, sus amistades, sus colaboradores. La gran decisión, ocupar los tribunales, amenazar a los medios, en fin, cargarse los contrapoderes que garantizan la democracia en un Estado de derecho.
Eso, y gobernar por decreto, que el parlamento es un capricho burgués superado por el tiempo en que la IA se hará cargo de todo, hasta de escribir las nuevas aventuras del caballero de la Mancha… y otra Constitución de las repúblicas ibéricas, pagada por golpistas y demás mantenedores.
La frescura con que se manifiesta llega a límites difíciles de tolerar en un servidor público. Cuando anuncia que asume la responsabilidad de cualquier desgracia provocada por la inepcia de su organización, o por la carencia de principios de sus allegados, y nada pasa de ahí, de las palabras, está malversando el futuro de los españoles. Ni siquiera asume su responsabilidad, que alguna tendrá, en el rosario de elecciones que lleva perdiendo en los últimos dos años.
Lo que parece claro que su nombre no pasara a la Historia como la de otros resilientes de nuestro pasado. En su caso no existe más motivo que el interés personal. Otros resistieron por salvaguardar intereses más generales, como la defensa del fuerte de Tarifa frente a la invasión bereber, allá por el siglo octavo.
El Bueno de Guzmán, con ese mote pasó a la Historia, cuanta la leyenda que advertido por los invasores de que matarían a su hijo si no rendía la posición, desde las almenas tiró su puñal diciéndoles: “matadle con este, si lo habéis ya determinado, que más quiero honra sin hijo que hijo con mi honor manchado”.
Echando un poco de broma sobre la leyenda, Samaniego puso en boca de Guzmán las siguientes estrofas:
| “¿Arrepentirme yo? ¿De qué? ¿De un hecho / que, pregonado en los futuros siglos, / honra será de mi nación valiente, / blasón de mi linaje esclarecido?” |

