El gato con botas

Los cuentos hay que tomárselos como tales

Haciendo campaña por tierras del Montjuic Mas se topó con unos excursionistas norteamericanos y les espetó: “I’m the president of the country”. Y los de Arkansas se quedaron atónitos ¿country? Una le preguntó si acaso eran suyas aquellas montañas, mountainous country, y otro si vivía de lo que la tierra daba, living off the country. Al fin y al cabo ellos también eran gentes de campo, country people, y podrían comprenderle aunque aquí estuvieran en terreno desconocido, unknown country; al fin y a la postre el country siempre es el country.

De entre ellos, una pareja que había venido a España sabiendo que aquí no hay presidentes sino un Rey se echó mano a la cartera temiéndose lo peor. Él, que había visto a compañeros del ejército morir por la patria, to die for one’s country, no creyó que aquel caballero pudiera presidir patria alguna.

Muchas cosas le vinieron a la cabeza, desde el timo que alguien le había contado del fresco que, tras la prohibición de los toros en Cataluña trató de vender la Monumental a un turista, hasta el cuento que su mujer leyó a sus nietos en vísperas de emprender viaje a España; El gato con botas de Perrault, bastante más interesante que el Gato de Puss in Boots, al que Antonio Banderas había puesto voz en la película  de DreamWorks que había visto con ellos.

Cuento poco ejemplar, por cierto, en el que la falta de escrúpulos con que el minino arrogante iba abriendo los caminos a su infeliz dueño se premia con el éxito final de ambos. Lo que no acababa de tener claro el buen hombre de Arkansas era qué papel del cuento representaba el español que se había presentado con tanta soltura como presidente of the country. Podía ser el del futuro príncipe que el Gato promocionó como marqués de Carabás, o simplemente el Gato que sobre amenazas y mentiras montó toda la historia con el único fin de mostrar a su amo que valía su peso en oro.

El Gato, tenía que ser el Gato. Quién acabaría casando con la princesa ya era otra cuestión. Seguramente no habría princesa, ni fastos que celebrar. En fin, es lo que tienen los cuentos; hay que tomárselos a broma.

Publicado el Lunes, 12 - Noviembre, 2012 en Libros, Política.

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