La Gran Vía

No es franquista

¿Sabrán que no es invento franquista?

¡Hay que ser cretinos! Cerrar al tráfico la Gran Vía madrileña es como poner puertas al campo. La concejala Maestre ha ampliado el blanco al que dirigir su embestida. Hace seis años eran la capilla de la facultad de Psicología de la Complutense y sus fieles visitantes. Despechugarse y gritar estupideces al uso era su modo de significarse. Pasados los años y encumbrada al gobierno de la capital de España se le han quedado pequeñas capilla y creyentes y la emprende con la Gran Vía y los millones de madrileños que transitan por ella al cabo de un mes. Cincuenta mil coches y ciento ochenta autobuses al día, ahí es nada.

¡Hay que ser cretinos! Soliviantar los ánimos ya de por sí excitados de los capitalinos puede ser más excitante que atentar contra la libertad de creencias de unos universitarios, pero también lo serán sus consecuencias. El atropello de los derechos ciudadanos a circular libremente por su ciudad ya no se salda únicamente en una sala de juzgado. Habrá que esperar algún tiempo a conocer el veredicto de las urnas, si es que de aquí a entonces, dos años, el PSOE no deja colgados de la brocha a Carmena y su pintoresco equipo. Sigue

Antes de cambiarla, cumplirla

Cervantes tampoco fue catalán

Cervantes tampoco fue catalán

Bastaría con cumplir la Constitución para resolver buena parte de los problemas que a ella se le achacan, incluso los territoriales. Pero…

Ocurre que hay demasiados agentes empeñados en romper más que la Constitución el propio modelo político de nuestro Estado de derecho. La Constitución les importa un bledo, comenzando por sus principios sustentadores, la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo, y siguiendo por sus derivadas, entre otras la unidad de la Nación, la división de poderes o la democracia representativa.

Es la conjunción de secesionistas, aventureros, ex terroristas y los comunistas a la violeta que andan escaqueados tras la pancarta Podemos, aquel We Can de Obama. No se trata, precisamente, de gentes de probada altura de miras y respeto por los intereses generales de la sociedad en que viven. Son castas que campan a su aire ante una extraña pasividad de la inmensa mayoría que constituye la gente normal.

Los órganos encargados de proteger los derechos y libertades de todos no han actuado con la diligencia y fuerza que la Constitución pone en sus manos. Ni para detener el curso de los sediciosos ni poniendo en su sitio a los desechos corruptos de la sociedad. Sigue

Mantenidos por la Constitución

Larga vida a la Constitución

Larga vida a la Constitución

Las crisis y las carencias educativas han generado una tropa de rufianes mantenidos por el sistema de libertades en que vivimos.

Son sujetos que subsisten en la esquizofrenia de dos principios aparentemente antagónicos pero que resuelven sin mayor problema: el primero, cuanto peor, mejor; el segundo, cuanto mejor, peor.

Así es como son Iglesias, Echenique, Errejón, Bescansa y demás lumbreras podemitas; todos ellos mantenidos –DRAE: persona adulta que vive del trabajo de otra- por las instituciones que tratan de reventar.

Por ello no sorprende su desplante ante la efeméride constitucional. Lo vienen haciendo a diario cuando se revisten con la estrafalaria indumentaria que han convertido en uniforme y seña de identidad; cuando interpretan la pantomima revolucionaria del puño enhiesto y el beso en los morros; o simplemente cada vez que hablan. Sigue

Rita y los carroñeros

La víctima popular

La víctima popular

Esta versión posmoderna de la democracia, la de los tuits, escraches y agitadores televisivos, se ha cobrado la primera vida. La senadora Rita Barberá ha muerto víctima de la pena de telediario y del acoso injurioso a las puertas del Tribunal Supremo de la nación.

Barberá estaba encausada por un supuesto delito de blanqueo de dinero cifrado en mil euros. ¡Mil euros! que dio al partido como aporte a la campaña electoral y que presuntamente le fueron devueltos, extremo éste que ella negó hace dos días ante quien fuera Fiscal General durante el gobierno Zapatero, Conde Pumpido, hoy magistrado del Supremo encargado de la causa.

La alcaldesa que puso la ciudad de Valencia en el siglo XXI al cabo de los veinticuatro años que la administró, volvió a ganar las últimas elecciones pero perdió la mayoría absoluta de que venía disponiendo durante años.

Como en tantas otras capitales, los socialistas de aquel Sánchez se apresuraron a desalojar a los populares poniendo el bastón de mando en manos de Compromís -la coalición en que se integraron el bloque nacionalista valenciano, los comunistas y los verdes- y sumando sus votos a los de la marea podemita, allí denominada València en comú.

Caben pocas dudas, por no decir ninguna, de que la organización popular valenciana ha sido uno de los paradigmas de la corrupción, junto a la Junta socialista andaluza y la Generalitat nacionalista catalana. Pero Barberá salió indemne de todas las causas abiertas por la Justicia sobre el tema; en unas porque según los jueces no había tema, y en otras porque no le afectaron a ella. Sigue

El nacionalismo hace metástasis en el PSOE

El PSE en el PNV

El PSE en Sabin Etxea

Como en Cataluña, el cáncer nacionalista hace metástasis en el partido socialista del País Vasco. Iceta se ha travestido de Idoia para regocijo de aquel Sánchez y pesares de la gestora. A este paso la marca PSOE no la reconocerá ni la madre que la parió, como Guerra dijo de España cuando arribaron al poder hace treinta y tres años ya.

De entrada, la mayoría de los partidillos federados ya han suprimido la O con que hace siglo y cuarto lo trajo al mundo Pablo Iglesias I, el Respetable. La E de España se transmuta en V de Valencia, o C de Cantabria y hasta en la vieja Castilla lo han rebautizado como PSCyL. Los asturianos, para no ser confundidos con el PSA andaluz, se llaman FSA-PSOE, al estilo de los manchegos: PSCM-PSOE.

¿Radicará en esta sopa de letras la causa de que todos ellos hayan alcanzado la condición de perdedores?

Hace dos mil años alguien dijo aquello de que “ninguna casa dividida contra sí misma prevalecerá”. Y aún quinientos antes, Esopo contó la fábula de los juncos: el viejo padre da a sus hijos el último consejo mostrándoles un manojo de juncos atados con una cuerda. Tratad de romperlo; imposible respondieron ellos tras diversos intentos. Desató la gavilla y les dijo: ¿veis? uno a uno son frágiles y resulta muy fácil quebrarlos; aprended la lección: la unión hace la fuerza. ¿Por qué no aprenden aquí? Sigue

18 de noviembre, 1976

El mundo lo celebró

El mundo lo celebró

Hoy hace cuarenta años la democracia comenzó a ser posible en España. No existen demasiados precedentes en la Historia; apenas duró año y medio el tránsito desde un régimen totalitario, que eso es una dictadura, al Estado de Derecho de una monarquía parlamentaria.

A las nueve y media de la noche de aquel 18 de noviembre de 1976 las Cortes franquistas votaban el comienzo de la demolición del sistema que refrendaron durante más de treinta años, toda una generación de españoles.

Sólo cinco artículos bastaron para dar vuelta al entramado jurídico constitucional del régimen nacido de la guerra civil. El primero establecía que la democracia se basa en la soberanía de la Ley y que ésta ha de ser “expresión de la voluntad soberana del pueblo”.

Y el último dejaba claro que en el proceso abierto no cabían bromas: “El Rey podrá someter directamente al pueblo una opción política de interés nacional para que decida mediante referéndum, cuyos resultados se impondrán a todos los órganos del Estado.” Y por si la advertencia no bastara, las Cortes quedarían disueltas de no acatar la decisión del pueblo.

Por 425 votos a favor, 59 en contra –seis generales y un obispo entre ellos- y 13 abstenciones los procuradores de la democracia orgánica –familia, municipio y sindicato- y los consejeros nacionales, de ellos 40 nombrados por el propio caudillo muerto un año antes, aprobaron la Ley para la Reforma Política. Las ausencias no fueron pocas, 34. La mitad, una delegación de procuradores sindicales embarcada la semana anterior rumbo a Cuba y Panamá. Sigue